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Fue, más o menos, así:

El joven decidió viajar. ¿Andaba huyendo de algo, le perseguían espectros innombrables, pesadillas en cada esquina, tenía el corazón roto? Cualquier hipótesis se basta a sí misma, lo que importa, en realidad, son los actos. Empeñó el televisor y robó las joyas de su madre, fue a la terminal de buses y partió a cualquier destino lejano.

De ahí en adelante lo veremos descender en terminales distantes, tan diferentes entre ellas (las de la costa son apenas un andén barrido por la sal, la de la capital un moderno laberinto con filas hambrientas de pasajeros aguardando un taxi), tan iguales (baños a seiscientos pesos; dulces y chucherías a precios abusivos; esa orfandad en la que hace nido el corazón de los viajeros), para volver a subir, apenas unas semanas más tarde, en otro bus que lo aleje, evitando la ciudad que lo vio nacer como quien esquiva la senda de un incendio.

Perdidos los ahorros de la tele, y vendida la última alhaja, la posibilidad del retorno comienza a punzar en la planta de los pies. ¿Cuánto ha sido, uno, dos años? El tiempo, en realidad, cuenta sólo con los cambios y si lo vemos de cerca el joven es un hombre, y sabe que no es la falta de dinero el motivo por el cual empieza a morderlo la nostalgia. Es un susurro, un temblor en el núcleo de los huesos. Por primera vez desde la partida llama a sus padres, el llanto de su madre termina de convencerlo.

En el bus comprueba que le fallan los nervios. Suda. Se frota los ojos cada minuto mientras escruta por la ventana. La silueta de Medellín le devuelve la mirada ansiosa. El calor de la terminal ahoga.

—Maldita primavera —recita entre dientes, y vuelve a casa.

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