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Andaba por el mundo cargando el marco como si estuviera velando a un muerto. Lo cuidaba de la lluvia y del barro. Alguna vez le vieron perseguir con furia a un perro que había levantado la pata junto a su madera ajada. Que lo hubiera meado a él, una cosa. Al marco, otra completamente distinta.

Era el ala derecha de una ventana, con sus dos rectángulos vacíos donde habría estado el vidrio. Alta como medio cuerpo, o como un niño pequeño. Todavía conservaba las bisagras (por eso sabíamos que era la derecha) y la pintura se intuía de un rojo encendido, bajo las costras de mugre y los rayones del tiempo.

Antes de conversar con nadie, levantaba el marco hasta la altura de la cara, y asomaba por él la cabeza, lo que le daba la apariencia ridícula de estar vistiendo un collar aparatoso. Sólo entonces dejaba oír su voz, para pedir o agradecer comida, para responder preguntas, para levantar plegarias en el pórtico de la iglesia al dios de los desahuciados. Nunca le vimos hablar si no era a través de la ventana, como si las palabras se le quedaran atascadas en el cuello si este no estaba asomado desde una casa imaginaria.

Es una casa imaginaria la que carga cuando carga el marco, explicó una vez alguien que había escuchado la historia completa, y prosiguió a narrar con detenimiento las escenas del fuego, la noche del incendio conmovida por el crepitar de las pavesas en el monte. Dijo que nada más pudo salvar el marco y que su familia ya era carbones cuando llegó a casa.

Vaya a saber si es verdad. Demasiadas cosas se dicen que son puro invento, y la imaginación se recrea en lo grotesco. Yo prefiero la duda, y pensar que solamente es excéntrico.

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