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Vacíos ya los caminos que conducen al exilio, una planta leve se posa sobre las briznas vírgenes y parece contemplar, desde la colina, el desierto que se abre como una boca sedienta más allá de la reja ya cerrada. Los labios del ángel musitan un adiós parecido en su forma a una plegaria. Sobre él, magna voz que pretende conocerlo todo, le reitera con firmeza la orden. Es necesario levantar el jardín sobre los hombros y correr a esconderlo en latitudes lejanas.

La expresión, aunque exacta en su metáfora, es imprecisa en su anatomía. El ángel no tiene por qué meterse bajo el jardín para cargarlo, y aunque es cierto que sentirá su peso (pues no es sólo materia el Paraíso, también hay éter sacro entre sus ramas), no serán sus hombros precisamente los que sufran: cargar con lo sagrado es más factible que lastime el corazón que no las articulaciones. De pie en la colina, entonces, abre las alas y se concentra en aunar en el centro de su ser las fibras todas del Edén. Con dos rápidas sacudidas emprende el vuelo y la tierra se levanta, pegada a sus pies como una sombra fértil y olorosa a barro fresco.

Elige el que considera el mejor lugar para esconder aquello que los hombres perdieron para siempre. Sobre el mar, en barca de algas que se agrupan para recibirlo, deposita el jardín de las delicias, y descansa del deber cumplido oteando un horizonte todo azul que se parte apenas en olas crespas. Ha concluido su labor y ya es momento de retornar al Reino. Sin embargo, cuando abre las alas para emprender la retirada, algo golpea su pie de brisa. Se trata de una manzana, con sólo un mordisco.

El Ángel revisa que Dios no esté mirando, y la recoge.

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