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Era verde verde como el poema de Lorca, y giraba sobre sus goznes con carcajada de vieja en misa, un estertor apenas perceptible al que no valían aceites, vaselina o petróleo. Verde verde, fija en la mitad de la casa, conteniendo el universo del taller del hombre muerto, el esposo de la viuda que hace ya muchos años pasó a ser la condensada forma de una ausencia.

«Ay, tan bueno que era mi Juan Francisco», musita todavía la vieja cuando uno pasa a visitarla, y le recibe galletas de mantequilla en un charol en el que se ven dobles las cosas lo mismo que en un espejo. Fue en una de esas visitas cuando reparé en puerta (verde verde) y la curiosidad me obligó a echar mano al picaporte. No pude abrir. La puerta, la dichosa puerta verde verde, sólo se abre sola.

Usted puede partirse las manos, traer una barra de hierro si le da la gana. No se abre, no se rompe. Ni a la fuerza ni con maña. No, la puerta solo se abre sola y cada vez con ese sonido particular, como a carcajada de vieja que tiene que cubrirla porque qué dirá el señor párroco si ahora me ve así, tan alebrestada, cuando debería guardar la compostura y mostrarme compungida por la muerte de mi marido.

Una vez le pregunté a la vieja si ella no se preocupaba de esa particularidad particular de la puerta verde verde. Se encogió de hombros, «a cierta edad, uno deja de buscarle explicación a ciertas cosas». A lo mejor tiene razón. Debe ser cierto.

A mí sin embargo me atormentan todavía esos misterios. Por qué no se abre la marica puerta, por qué a veces, en el charol de las galletas que parece espejo, no se reflejan mis manos.

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