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Este es el momento en que se canta victoria y todo se jode. Hemos llegado a la escena de la película en la que el enemigo empieza a retroceder, y los soldados confiados celebran antes de que les lluevan las balas del contraataque. Ayer, casi sin darnos cuenta, llegamos a los ciento cincuenta relatos. El medio, el fantástico medio que no es otra cosa que el punto de no retorno: ahora, en la mitad del desierto, de nada sirve girar buscando el río de la partida, la distancia hasta su reposo es equivalente a la que lleva al río del final. No hay salvación, ahora, sólo otro trecho igual de largo que éste con la gravedad de que ya se han consumido fuerzas y provisiones.

Peso a eso, estoy feliz. Ciento cincuenta relatos van escritos, ciento cincuenta veces me he visto frente al computador intentando darle sentido a una corriente de palabras que se embroman al llegar a la página en blanco. Ciento cincuenta días, tardes o noches en las que dentro de los afanes cotidianos me he obligado a abrir paréntesis para procurar construir la fantasía. Todo por un vago concepto del honor, todo en honor a una lúdica que nada pretende, todo por pretender llenar la nada con palabras que no son sino otra de sus refinadas formas. Ciento cincuenta textos -malos o buenos, mediocres, apasionados, lelos, incomprensibles, claros- que están ya aquí, en la inasible virtualidad, para dar testimonio de un hombre que escribe del otro lado de la pantalla, persiguiendo unicornios en la oscuridad con sólo el cabo de una vela temblorosa.

¡Ah! La dulce satisfacción de lo inútil, de lo difícil, de lo estúpidamente posible. ¡Ah! Escribirles ahora con cierto aire de satisfacción y cierto miedo, desde el centro del laberinto, afirmando que todavía no se ve la salida pero que por ahora he sobrevivido los encuentros con el minotauro. ¡Ah! Confiar en que uno -al menos uno, ¡cuánto lo amaré, cuánto agradeceré haber sido yo el instrumento del azar que lo forjase!- de estos ciento cincuenta relatos haya encontrado a su lector: a ese que quizás necesitaba en esa hora las trescientas palabras que lo componían, a ese al que quizás le haya entregado la efímera paz de la lectura. ¿Es mucho aspirar a ello? ¿Es mucho confiar que ahora, en la mitad del reto, haya ocurrido ya, quizás, esa hermosa magia que nos permite la literatura, ese único fin para el cual nos esforzamos los que sabemos que nuestro intento es poco más que una cadena de frustraciones?

Yo me atengo a esa esperanza. Yo me aferro a ella justo antes de confesar que la mitad del camino no es sino el comienzo, y que los ciento cincuenta relatos que faltan van a costarme mucho más que estos primeros, y que cuando falten cincuenta será aún más difícil, y que cuando la cuenta regresiva marque diez, ay, será el último kilómetro a la cumbre donde Sísifo me espera para volver a empezar. Porque siempre estamos empezando, porque siempre es el primer gigante aquel molino, y la primera aventura esa salida, y la primera derrota será la única. Así de fuerte, así de frágil, es el material de los sueños.

En esta ocasión, es sólo esto. No comentaré cuentos, no diré más. Gracias, lectores, por acompañar este camino hasta su centro, espero lograr el resto. Espero, también, que algo de valor se esconda entre estos esfuerzos.

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