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La escena pertenece a una película del oeste, cuyo nombre no alcanzo a recordar y cuyo recuerdo no me interesa empañar con una búsqueda en Google. Es una historia de justicia y de venganza. En la primera escena, un grupo de forajidos toma rehén a la familia del alguacil. Creo que están vengando la muerte del hermano de uno de ellos, no se bien cómo iba la cosa.

Lo que recuerdo, demasiado bien, es que la tortura final consiste en colgar al alguacil por el cuello y dejar que se ahorque, y que mientras esto ocurre le entregan a su hija un revólver con una única bala, prometiéndole que si le da a la cuerda de la que pende su padre lo dejarán vivir. La niña apunta, el cuerpo del hombre patalea mientras pierde la respiración, la cámara se entretiene en el agitarse de las piernas hasta que el sonido de un disparo las paraliza.

No sé si en esa misma película, está la escena del pozo. A la madre de la niña la amarran al extremo de un alambre de púas, y la dejan colgando, suspendida, sobre la boca de un pozo. A la niña le entregan el alambre que hasta ahora sostenían hombres fuertes. «Si logras bajarla despacio», le dicen, «va a estar bien». El peso es demasiado, el alambre le rompe las manos. Ella se esfuerza en sostenerlo pero al final tiene que soltar. Hay un grito prolongado, luego un golpe seco, de algo que se fractura. El pozo era muy hondo. Nunca lo habría conseguido.

No sé por qué me he puesto a pensar en esto. Supongo que en el fondo porque somos también así, nosotros. Nos aferramos fuerte, aunque duela, aunque sea inútil. Aunque al final solo nos queden entre las manos flores de óxido.

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