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Sentí el pájaro cantar desde mi alcoba. Un sólo silbo, seguido de un aletear intempestivo. En casa hay cuatro gatos, y un perro que se encarga de devorar la carroña de sus víctimas. Temí. Mi temor tenía la forma exacta del cadáver del pájaro en medio de la sala, las manchas de sangre, el ruido de las mandíbulas del perro al desgarrar. Salí corriendo, en la habitación de mis padres aleteaba todavía el mayo, débil, intentando esquivar a los gatos que salieron corriendo cuando entré gritando. Mi mamá dormía en su cama. Se despertó con mi escándalo y fue hasta el baño por una toalla para capturar el pájaro.

Cuando intentó capturarlo en una esquina de la alcoba, el pájaro voló hasta debajo de la cama. Uno de los gatos entró tras él. Espantamos al felino y mamá entró para sacar al mayo. Lo tuvo envuelto en la toalla hasta el balcón, donde lo dejó sobre la matera del bonsai. Luego entró, cerrando el balcón tras de sí, y volvió a echarse en la cama.

Me quedé de pie. Miraba alternativamente a la maceta y a mi madre. En el arbolito, el mayo respiraba agitado, como si le dolieran agujas en el pecho. En la cama, mi mamá estaba con los ojos cerrados, e intentaba dormir. Ha perdido muchos kilos en los últimos meses. Ahora ahí, tendida, sin fuerzas, me dio miedo. Miedo de su llanto y su muerte, de esa debilidad raquítica que viene a adornarla como una cruz ardiente desde que supo que mi papá la engañaba.

No pude soportar mirarla mucho. Volví al mayo, que en vano extendió las alas para intentar volar. Dio dos aletazos, torpes, descoordinados, y con su último aliento terminó tendido de espaldas, justo donde lo había dejado mi madre, muerto, en paz.

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