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Mis libros ahora huelen a sudor, ¿sabes? Un aroma de sudor y cuero se ha ido pegando a las páginas desde que meto en la misma maleta los guantes y las vendas y lo que ande leyendo. No me había dado cuenta hasta que volví a ese gesto tan mío de meter la nariz entre las páginas, aspiré profundo y lo sentí, el siempre vivo olor a tinta y el amargo tinte del sudor envuelto en cuero. Era un libro de Pedro Juan Gutiérrez, me pareció que era una coherente coincidencia.

En el libro de Pedro Juan aparece el mismo, retratado en la portada, fuera de foco, calvo y viejo, mientras le pega a un saco negro. Los guantes apenas alcanzan a verse. Son negros, como los míos, pero seguro que los suyos están más golpeados, y deben ser de alguna marca comunista. Yo me visto las manos con los productos del imperio, y sigo con el capricho de poder hacerme algún día con unos guantes mexicanos. El problema es la plata: los guantes imperialistas son mucho más baratos que los del sur, habrá que seguir usándolos hasta que un golpe de la fortuna me estalle billetes entre los dedos.

Después me di cuenta que no era sólo el libro de Pedro Juan, que todos los que había cargado de un tiempo a este asalto huelen parecido. Marcel Proust, Dostoievski, José Emilio Pacheco, Idea Vilariño, Diamela Eltit… Todos huelen a sudor. Supongo que la coherencia se mantiene. Escribir también es eso: sudar hasta el agotamiento, dejar caer gruesas gotas sobre el teclado mientras se empuja la misma piedra hasta la misma colina sin detenerse nunca.

Pero en literatura no te salvas nunca. No puedes esquivar el golpe. Sin aviso, te alcanza, y todo es un mareo dulce. Tú lo sabes.

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