Home

Hoy en la madrugada -probablemente cantaba un pájaro en alguna parte- murió doña Berta, mi vecina de toda la vida y una de las fundadoras del barrio. Desde hace días venía con problemas respiratorios, uno pasaba frente a su casa y la veía sentada en el murito del antejardín, con la pipeta de oxígeno conectada a la nariz. A veces (me gusta creer que la mayoría) me acercaba y le quitaba una de las chanclas para fingir que estaba recibiendo una llamada telefónica.

Ella se reía, se reía más cuando el imaginado interlocutor que conversaba conmigo era supuestamente un novio suyo, un pretendiente. Doña Berta enviudó hace por lo menos veinte años. No recuerdo a su esposo. La recuerdo a ella, perpetua y blanca en el muro del antejardín, viéndonos pasar y regalándonos bendiciones que quizás nos han mantenido a salvo hasta ahora.

Voy a extrañarla. Voy a extrañar las bromas pendejas que me obligaba a inventar para hacerla reír, su voz gruesa de exfumadora, el color hondo de sus ojos que se perdían por la calle buscando otras cosas, convirtiendo el barrio en una postal de un pasado más sencillo. Extrañaré la suave brusquedad con que cada vez que nos despedíamos me obligaba a acercarme, para imponerme las manos en la cabeza y «señor, lávalo con tu sangre…».

Es amargo saber que no volveré a verla. Que cuando salga a boxear por las tardes no estará ahí, para obligarme a ser dulce aunque esté triste. Es amargo saber, también, que con ella algo se pierde para siempre; que la historia de este barrio ya no queda en la memoria de ningún viejo, y se escurre, veloz, sin que podamos alcanzarla.

Espero, con toda mi poca fe, que descanse junto al Dios en el que creyó (junto a la Virgen que acogió tantos años en su casa, cuando la dejaban salir en peregrinaje desde Nuestra Señora de Belén). Espero poder regalarle un pedazo de mi memoria, siempre, con la eterna deuda de todas las bendiciones recibidas.

Me salto las reglas, y tiene más de trescientas palabras. Esto no es un cuento, lector, y sí es un cuento. Esto es un abrazo, y unas manos rugosas sobre mi cabeza, impuestas a la fuerza y por cariño («Señor, lávame con tu sangre…»). Y un adiós, que no pude pronunciar. Y una delirante esperanza: cuándo levante un zapato, lo acerque a mi oído y diga «¿Aló?», que sea su voz gruesa la que ría del otro lado. Para luego poderle preguntar cómo va todo, qué tal las cosas por allá, que me guarde un rinconcito porque nos veremos de nuevo, y que gracias, por tanto, por todo…

3 pensamientos en “281) Esto sí es una elegía (y Miravalle se fue quedando sin ancestros)

  1. Pingback: #Recomendado: texto de Lucas Vargas Sierra – LETRAS BRAVAS

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s