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Los ecos de de Greiff llenan el ruido de la ciudad enlodada en sus tinieblas. Un rastro de añil se va apilando en los marcos de las ventanas: ningún trino desde la alameda viene a acobardar la memoria taciturna y acaso es la soledad, aquí y ahora, el repetirse mentalmente los versos de un poema mientras la piel se llena de grietas diminutas: un lento desplomarse de estatua enloquecida por cruel lujuria, acaso la necesidad de estirarse contenida en el gato de porcelana de la sala.

Si tan solo alguien llegase, con los nudillos en ristre y el corazón como escudo, para golpear las puertas de la alcoba, rescatándote sin saberlo de la sorda iniciación a los misterios, de la angustia siempre en copia de sí misma y el vaguido de una ofrenda funeraria (toro es, y macho, y la sangre palpita en su garganta) donde el inmolado lleva siempre por rostro un espejo astillado. Si tan solo el timbre, el mal amado timbre, regalara al aire su altanero chillido, y tuvieses así la necesidad de levantarte, abrir la puerta, salir a los pasillos y recordar la existencia de soles y nubes y acaso, si la suerte fuera tanto, de pájaros color barro sobre los cables.

Pero sólo el silencio solo llena de compañía las horas muertas entre los vértices del tedio, y el telar de la rutina se ensaña en demostrar un diseño reiterado de círculos y cuadros en cuyo centro contemplas, aterrado, un laberinto sin paredes, giros o galerías. Sólo el vacío solo rodeando la completa extensión de tus deseos y el conocimiento augusto de una salida imposible por su ausencia.

Tan grande el enemigo y tan vacuas tus fuerzas. Contemplas la posibilidad de un armisticio. Con un gesto del cuerpo, sacudiéndolo, vuelves a la lectura, pausadamente, cansadamente.

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