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Ayer estuve en Girardota, invitado por la Feria del libro y la lectura, en un conversatorio junto a Estefanía Carvajal y Cristian Romero cuyo tema era, tentativamente, las poéticas de los jóvenes escritores. Además de charlar sobre la escritura, aproveché para tatuarme un kodama en el brazo izquierdo, y para reírme con Sebas y Angie (de La Libretería Ediciones) de cuatro o cinco pendejadas imposibles de recordar ahora. Viajé con María ambos días, oyendo Gorillaz en el carro (me regaló el jueves pasado, por motivo de mis muy postergados grados profesionales, The Now Now) y comiendo en carretera. En resumen, fue un buen fin de semana, pese a que una gripe inoportunó como consecuencia posterior.

Lo anterior, de cierto modo, sirve para abrir este segundo corte en el reto, cuando la barrera de los 360 relatos ha sido cumplida. Abrirlo con la pregunta del conversatorio en Girardota y responderlo con el resto. ¿Cuál es mi poética como escritor, dónde están mis preocupaciones y dónde mis apuestas en el infinito universo de la narrativa? Podría responder, con plena seguridad, un no tengo la menor idea y nadie tendría la solvencia de refutarme. Sin embargo, esa es la salida fácil, y sólo lo difícil es estimulante. Así que, a modo de respuesta en eco diferido a la conversación de ayer, aprovechemos este espacio para hablar un poco del arte poética que intento llevar.

Hay una primera confesión cuya dureza intento esquivar siempre por tratarse, en primer lugar, de una respuesta común y, en segundo lugar, por que puede ser mirada con sospecha. Escribo para mantenerme con vida. Puesto así, con todo el patetismo de su solemnidad, remite al mito del autor torturado y la bohemia y no sé cuánta pila de máscaras para las cuales ya estoy viejo. Cuando digo «escribo para mantenerme con vida» no quiero, de ninguna manera, apelar al romanticismo del artista comprometido cuya vida es su arte. No.

Cuando digo «escribo para mantenerme con vida» estoy reconociendo (y lo hago por primera vez por escrito) que convivo con la depresión desde hace muchos años, con sus picos de parálisis agotadora y sus valles maníacos donde soy capaz de vivir al límite la euforia, y que la escritura es una herramienta para lidiar con ello sin tener que recurrir a las pastillas. Para mí, escribir cuentos, poder habitar esa realidad interior cuyas llaves se llaman imaginación y trabajo, significa dejar de lado el peso de un corazón capaz de vivir con idéntica intensidad la alegría y el dolor.

Partiendo de allí, mi poética está marcada por la abundancia. No sólo en la cantidad de páginas escritas, sino en la cantidad de adjetivos usados, de líneas sin un punto aparte, de situaciones extendidas más allá de su desarrollo. Creo en una escritura que se prolonga, que se extiende, que busca otros recovecos para continuar creciendo. Creo en sujetos de la oración acompañados de complementos con complementos, creo en adjetivos precisos olvidados en la RAE, creo en la posibilidad de prolongar mediante la narración la caída de una gota de agua durante eternidades verbales.

Muchos de los relatos aquí publicados, y esto pueden comprobarlo con poco esfuerzo, son una situación relatable en una sola línea: un hombre sube la escalera y se tropieza, un joven es perseguido y devorado por ratas. No hay, en realidad, grandes giros argumentales. Hay, o al menos eso espero, giros verbales. El lenguaje me ayuda a desdoblarme, su canto, el de la conjugación y selección de las palabras, me brinda algo cercano a la paz: la catarsis, en el sentido griego, llega cuando escribo.

Hay días en los cuales es una carga, un peso. Hay días en los cuales es un misterio. Entre el misterio y la carga creo en el trabajo constante, y creo, sobre todo, en hacer de la escritura y la vida verbos intransitivos. Escribir por escribir. Vivir por vivir. Así, ir a Girardota y que Abril me tatuara son tan importantes (o al menos, lucho para que lo sean) como escribir el próximo libro de cuentos o cualquiera de los relatos, más o menos malos, que aparecen aquí.

De nuevo, hay días difíciles. De nuevo, sólo lo difícil es estimulante. Y así, bajo esa idea, vamos abriendo camino. Vamos alcanzando los 370 relatos y pensando en el próximo libro, en la próxima página en blanco, en la próxima tarde clara, oyendo música e intentando vivir.

The Now Now. El Ahora Ahora. Sí, algo así pretendo sea mi poética, como esos versos finales de un poema de Szymborska («Elogio de los sueños») donde dice:

Hace unos años

vi dos soles.

 

Y anteayer un pingüino.

Con la más absoluta claridad.

En la búsqueda de esa absoluta claridad, respiro.

Kodama

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