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La gitana dormida - Henri Rousseau

La estasis existe para ser rota. El tejido se pudre en el escenario contrario. He lamido mis moretones, acariciado las bolsas de sangre de los golpes antes de pincharlas para gotear en el camino un rastro opaco (para que puedas seguir mis pasos). La palabra «evolución» tiene fe en Darwin, yo declino de todo ismo y me permito la inocencia de la hoja sobre el agua. Me muevo, sí, siempre, pero no voy a teorizar al respecto.

Muchos cambios, al menos aparentes, caen en mi vida en los días pasados. Cierto sentido de la estabilidad se mezcla a la idea occidental del progreso y, si bajo la guardia y no estoy listo para apartarla de mí como a un insecto peligroso, la palabra «triunfo» parece venir a instalar sus neones a los costados de la carretera. Respiro profundo y recuerdo la voz del devenir como único canto posible. Nada nos pertenece nunca. Nada puede derrotarnos porque a nada hemos venido a vencer. Derrota, victoria, no son más que rostros del azar. El orgullo y la humildad comparten su piel de fiera en el desierto.

Aquí fundé mañana mi desierto personal. Aquí fundaré ayer mi desierto de siempre. Este reto, esta escritura compulsiva de calidad dudosa, es las dunas extendidas donde paseo la soledad de mi sombra y gruño al eco. Bajo este cielo inmenso mojo en la lluvia mis huesos, en este escenario vacío (excepto, a veces, por la presencia de una gitana dormida a la que cuido y observo imaginando sus sueños musicales) me la juego a ser sin permitir a ningún estímulo interferencia. Miro mis huellas cuando cierro un círculo, en sus marcas descubro el rostro mío antes de todo.

En el fondo del estanque de un oasis espejismo me saluda el niño solitario que escribió cuentos para sentir que el mundo tenía un lugar para él.

Han sido días de cambios. Tengo un flamante título profesional cuya función inmediata es un sueldo mejor y la posibilidad de dar clases. Tengo la aprobación de una agencia de arrendamientos para dejar la casa de mis padres atrás. Tengo trabajo y funciones y proyectos. Tengo cierta estabilidad (emocional, corporal, económica, etcétera). Y tengo este reto, esta necesidad de escribir para recordarme que todo lo que tenemos es esa vocecita interior recitando versos.

Siento estancada mi escritura. Siento haber llegado a una meseta y no veo avance en mis escritos. Siento no estar dedicando tiempo suficiente a forjar el oficio. Siento algo indeterminado entre la tranquilidad y la angustia al pensar en el tiempo que me queda para aprender a escribir, en las habilidades y defectos de mis contemporáneos, en las historias de éxito de aquellos a quienes conozco.

Todo lo anterior distrae, estorba. Le dedico mi pensamiento pero lo olvido cuando estoy aquí. Estoy aquí para olvidar y recordarme. Y eso es todo. Y agradezco a quienes han llegado a leerme. Y agradezco la compañía de los huéspedes. Y sigo, y seguí, y seguiré.

En esta soledad me encuentro. Espero recordarlo siempre.

Y para ser perdonado por la retahíla, esta línea inquietante de Diamela Eltit:

-Es de nácar. El hilo traspasa mi calzón de seda.

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