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Imagine que sale a la calle, pero que, en realidad, no sale a la calle. Es decir: abre la puerta, pone un pie afuera, camina, atraviesa parques, alamedas, cuadras, se monta a un bus, hace todo eso que uno podría hacer o que uno cree que es lo que hace cuando sale a la calle, excepto que no sale a la calle, que nunca salió. Imagine que usted sabe, que usted está íntimamente convencido, que en el fondo de su ser anida la certeza de que en realidad nunca ha salido de la casa, de que la casa siempre, en cada instante, en cada hora, en cada día, en cada momento de su vida (los recuerdos se le apilan en el fondo de las pesadillas al pensarlo) ha estado justo donde está ahora, dentro de casa, entre las paredes de la sala, o la cocina, o el baño, cuando aparentemente se encuentra en el bus, o en el metro, o donde sea.

Dígame, cómo es posible vivir así. Dígame, acaso no se le había ocurrido antes que el triunfo de Dédalo, que su mayor invención, que su obra magna, no se tratase de un laberinto en Creta sino de algo más sutil, más complejo, muchísimo más firme al momento de mantener presos a los condenados. Uso a Dédalo como metáfora, poco importa si él o una raza superior o un Dios con sentido del humor. No importa quien, lo importante es que le han puesto en esta casa, solo, aislado, y le permiten la ilusión de la salida porque encuentran remotamente entretenidos sus sueños de libertad, la confianza con la que pone la llave en la puerta, y la gira, abre, cree salir, y se pasea dándose golpes con las paredes.

Imagine que su única conversación es con el espejo.

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