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Hace días mi mamá nos regaló un juego de tacitas para el apartamento. Cuatro tazas, cuatro platos. Estampadas de flores ellas, ellos grabados en verde. Son la imagen de la delicadeza, parecen decir «bébeme con cuidado, puedo romperme bajo tu aliento».

Cuando sirvo tinto en alguna no puedo evitar recordar a la Emperatriz de Córdoba, con su pelo de colores y la firme convicción de que comerse dieciséis cucharadas de azúcar al día mantenía su cuerpo libre de venenos y tóxicos.

La Emperatriz de Córdoba estaba en mi vida antes de mi llegada. Fue amiga de mi abuela en el internado y la amistad sobrevivió a mudanzas, matrimonios, pérdidas económicas, silencios. Lo más difícil de todo fue la ruina de las viejas fortunas. Ambas, mi abuela y ella, pertenecían a las familias del noreste antioqueño cuyas tierras se difuminaron en una mezcla de alcohol, inversiones en empresas de oro, y continuos patrocinios a grupos paramilitares. Casi simultáneamente se mudaron del pueblo, dejando tras ellas el vacío de lo perdido y encarando un futuro extraño en las ciudades emergentes con lo poco rescatado de la borrasca.

Mi abuela supo apañárselas. Mal que bien era la hija menor de tres hermanos y en las fincas, cuando las hubo, permaneció condenada a labores domésticas, carentes del rigor de la servidumbre, sí, pero llenas también de la humillación del servicio obligatorio. El trabajo en la ciudad, al menos, tenía un sabor a libertad que pronto aprendió a disfrutar.

Gloria, por el contrario, no encajó el golpe. Se casó con un heredero con la fe puesta en sus tierras, sin enterarse nunca de que idéntico era el motivo por el cual él la buscaba. A los seis meses de la boda, cuentan, enloqueció.

Nosotros creemos que la locura le sirve de camuflaje a su vergüenza.

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