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La mujer está segura de que esa pared no es la misma pared del día anterior.

Idéntica, sí. En el mismo punto, ciertamente. Pero no es la pared del día anterior. ¿Cómo hace uno para remplazar íntegra una pared con otra igualitica en el transcurso de la noche? Ni idea, no importa, incluso si el misterio de no perturbar a los vecinos permanece, incluso si todas las leyes de la física, de la química, de la biología y la lógica indican lo contrario. Esa pared no es la pared de siempre, alguien la cambió mientras todos dormían y ella parece ser la única en notarlo.

Desde pequeña ha sido la única en notar las cosas. Cuando cumplió siete años abrazó llorando a su tío Javier mientras le pedía, por favor, que no se matara. El resto de la familia se rió para relajar la tensión de su llanto pero el almuerzo no fue el mismo. Esa noche, cuando despertó sobresaltada, escuchó los susurros de su mamá en la sala y a su papá afirmando que la culpa era de la niña por haberle dado esas ideas al pobre hombre. Ellos nunca supieron que fue testigo de la conversación y nunca le reclamaron nada de frente, pero desde entonces aprendió a guardarse sus certezas en silencio.

Delfos, no obstante, no depende del silencio de los profetas. El hilo cumple en sus curvas y se revienta justo cuando es justo que se reviente. Pueden gritarlo aquellos que sienten la tensión, pueden ocultarlo, pueden intentar reforzarlo con tendones de angustia. No importa. No hay apelación, no hay tributo, no hay ofrenda, no hay sacrificio, no hay amenaza. Nada conmueve al Dios, al Infinito, al Único.

Al que esa noche, mientras dormían, remplazó la pared. Porque esa, ella lo sabe, no es la misma.

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