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A través de la ventana irrumpe la algarabía de los loros. Un parlamento de chillidos, graznidos, rebuznos y ladridos. Cuando el día marca su comienzo, son los loros y no el sol quien se lo indica. Dentro, mirando la enramada de mangos, palmeras, laureles y un algarrobo muy viejo, intenta adivinar la posición de los conferenciantes, sus desordenados llamados al orden, su frenética necesidad de reportarse la vida despertándose los unos a los otros.

Sólo de vez en cuando, por error del viento o acierto del ojo, consigue enfocar la silueta verde entre los verdes de las hojas. Delinea con la mirada el pico curvo, las patas negras, el final de las plumas con un sarpullido de color. Otras mañanas, recién despierto, habría sido imposible destacar, entre todos, a ese lorito diminuto, más claro que el resto, donde ahora se ancla su mirada. Madrugar sirve, al menos, para afinar los ojos, para sintonizarlos con este lado del mundo y conseguir así exprimirle sus sorpresas.

El lorito está impávido, quieto. De vez en cuando hincha el pecho y estira el cuello y mete un alarido gutural capaz de atravesar eras. Sabe, o le gusta creer, que en un futuro distante escuchará ese grito y no será un grito parecido sino ese mismo, más allá del tiempo, proyectado por los años desde la garganta frágil del lorito diminuto que ahora observa. Tal vez, de haberse levantado temprano todos los días, ahora el ruido ensordecedor tendría un sentido, el sentido de un idioma escuchado con atención hasta el cansancio, la claridad de la costumbre. Tal vez ahora podría repetir, con esfuerzo, algo de lo dicho por los loros.

Piensa en el fluir de la luz fría. Piensa en todas esas palabras que ya no aprenderá nunca mientras termina de cerrar la última caja.

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