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Durante los años de la invasión, sólo el antiguo forjador de espadas parecía estar tranquilo. Su rutina, modificada veinte años atrás, cuando decidió apagar el fuego y dedicarse al cultivo de rábanos, no cambió cuando las tropas de la ocupación borraron los nombres de las calles, ni cuando quemaron los libros de la biblioteca (en la que, desde hace veinte años, era asiduo visitante), ni cuando su tierra y su cultivo fueron arrasados, una y otra y otra y otra y otra vez, dejándole sin la cosecha ni las semillas. Más flaco, más ojeroso, más hambriento, seguía siendo el hombre de siempre. Conversador y bromista, dueño de una fe inquebrantable en el futuro.

Los demás habitantes de la ciudad dudaban de su ánimo. Había algo en su secreto imposible de precisar, algo en sus formas de hablar cuyas raíces intuían profundas y fértiles, pero que escapaba a las hipótesis. Había sido, en su juventud, un guerrero avezado, quizás el más hábil de cuantos pelearon en la guerra de los inviernos tardíos. Luego había aprendido el arte de la forja, prolongando en él su virtud, y de todas las ciudades vecinas acudían caballeros y señores para encargar espadas, estoques, lanzas y escudos. Antes de detenerse de golpe había armado, por lo menos, a un par de ejércitos.

Y ahora, cuando la ciudad parecía necesitarlo más, cuando ya su coraje o ya su talento serían suficientes para recuperar lo perdido, insistía en el cultivo de los rábanos, en pasearse indolente poniendo conversa a las viejas de las ventanas, a mantener esa locura taciturna de su senectud.

Alguien, finalmente, le interceptó durante un paseo. Le reprochó por su corazón de piedra, ¿acaso no veía el sufrimiento?, ¿acaso no veía el dolor de todos los demás?, ¿acaso no veía que era necesario su talento? Dos guardas enemigos pasaban, armados de punta en lanza, en ese momento. El antiguo forjador sonrío al silencio asustado del otro.

-Tranquilo -murmuró, señalando a los soldados -, paciencia. Todo lo que hiere, se rompe.

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