Home

Hablamos el lenguaje de los espectros.

En las noches, recorriendo el filo de la muralla, miramos las luces en el vaho lejano adivinando el sentido de sus parpadeos. Cada tanto, una de ellas avanza hasta trepar por el muro y refulgir frente a frente. Todos, entonces, permanecemos quietos, dándole tiempo al milagro de hacerse cuerpo. La llama, detenida frente al elegido, tiembla mientras poco a poco adapta la anatomía del fuego a huesos, músculos y piel. Un ser translúcido, ardiente, mezcla de niebla y fogonazo, estira la punta de los dedos para limpiar la lágrima derramada por el asombro del centinela.

La conversación dura hasta el alba. Cuando el sol desborda sobre la frontera de la niebla y el rosa sustituye al gris, la figura trémula se encoge sobre sí misma, agarrando con fuerza sus entrañas, y se aleja a saltos para lanzarse de cabezas al vacío. Desaparecen antes de tocar el piso, cada centímetro de viento en la caída parece arrebatar trozos de su cuerpo.

Los elegidos no comentan nada, no dicen nada, no pueden traducirnos aquello sobre lo cual han hablado la noche entera. Pasan semanas retirados en habitaciones habilitadas para su soledad. Cuartos sin ventanas, sin luz alguna. Cuando sienten llegado el momento hacen la seña convenida y les entregamos papel y tinta. Escriben entonces, en la completa oscuridad, los textos revelados por el diálogo con las luces. Palabra tras palabra, oración por oración, párrafo a párrafo vierten conocimientos arcanos cuyo significado, a veces, no comprendemos del todo (pues parece pertenecer su alfabeto a otra lengua), pero, a veces, comprendemos demasiado bien.

Una vez entregado el manuscrito, se ofrece un almuerzo a su creador. Un banquete del que todos participamos. Hay vino en abundancia, y siempre alguien dispuesto a regalar su amor bajo la luz abierta del mediodía. Algunos visitantes juzgan nuestra costumbre con el lente errado de la orgía. No saben lo que dicen.

Esperamos la noche con emoción, con entrega. Con los primeros rayos de la tarde el elegido abandona sus ropas y empapa su cuerpo en aceite. Recibe, en las puertas de la ciudad, una antorcha y marcha hacía los vahos. Le vemos alejarse, trepamos a la muralla y seguimos su luz hasta que se confunde con las demás. Luego seguimos nuestras rondas, esperando.

Algo me dice que pronto será mi turno.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s