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Sueño con nieve. No es tan maravilloso como imagino. Corta. Duele. Despierto con las articulaciones gritando. Muevo el brazo: un grito. Muevo la pierna: un grito. Por dentro se me congelaron los huesos, todo se quiebra, todo cruje al incorporarme a la vida. Sueño con nieve y sueño con una tumba en la nieve. Cavo con las manos. Se me caen pedazos de piel. Quedan a lado y lado del agujero como los restos del lápiz rojo cuando usaba un sacapuntas. Recuerdo la metáfora porque así de absurda se me ocurre en el sueño. Veo mi piel desprendida y pienso en los restos del lápiz rojo cuando tenía que afilarlo. También pienso en apuñalarme con el lápiz rojo, en sacarme los ojos. Eso lo pienso en el sueño, pero al despertar reviso que ambos ojos están bien. Cierro el izquierdo. Luego cierro el derecho. Me conforta poder ver el mundo, incluso así, como entre brumas, como si estuviera viendo a través de una tormenta de nieve.

            Supe que me estaba quedando ciego la tarde en que me anunciaron el viaje a Canadá. Había presentado los papeles hace meses y luego de una serie de entrevistas no volví a tener noticias de la embajada. Imaginé, naturalmente, que en alguna parte del laberinto se había torcido el camino y que no iba a viajar nunca. Otra persona habría insistido, llamado, preguntado. Yo seguí durmiendo y despertando y soñando como siempre, sin afectarme. Por eso me sorprendió tanto la llamada. Por eso me callé y no dije que me estaba quedando ciego cuando me preguntaron por mi salud. Habrá algún examen, claro, y se darán cuenta, y seguro no será ningún problema. Pero entonces no pude confesarlo, ahora tampoco puedo, nadie lo sabe todavía. Guardo la esperanza de un deshielo. Poquita, pero tengo.

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