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Esta ciudad va a matarme. No sé cuando, ni sé cómo, tanto la forma como el tiempo me son ajenos. Pero la certeza no se va, está ahí, clavada en la carne como la marca en la frente de Caín, sólo que significando lo contrario. Tengo una diana en la espalda, un precio estampado sobre la cabeza. Esta ciudad va a matarme y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. La huída es imposible. La salvación es un imposible. Día a día me abismo más en un pantano donde todo es muerte. La descomposición me ronda como un vals de moscas verdes y yo no puedo hacer más que someterme a su encantamiento de esmeraldas fugaces. Pronto seré carroña, huesos, nada, y esos restos de polvo llenarán las calles como un adorno que entrega el condenado a su verdugo; el último collar que el Bautista tuvo tiempo de entregar a Salomé.

Ni siquiera el lenguaje es una salida. Siento como cada instante mis palabras caen a la altura del concreto y se asfixian sepultadas entre las luces de los televisores que llenan cada sala. No hay escape, en vano lo he intentado demasiado tiempo. Cerré mis ojos a las evidencias: debí haber yacido aquí hace años, en cambio sigo andando por el mundo. Es un error en la trama que alguien debe corregir, y si mi mano es demasiado cobarde para hacerlo, puedo contar con que la ciudad, esta ciudad, tiene la valentía necesaria. Algún día cercano moverá las fichas de su ajedrez secreto, y mi rey caerá bajo las lanzas de incontables peones, habrá una lluvia de tripas y de sesos que harán las delicias de los buitres. Y la ciudad, claro, como una Judith orgullosa, exhibirá mi cabeza de Holofernes como en ese viejo cuadro de Chistófano.

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